Fuente: Antonio Lorca. Del Toro al Infinito

Es el menor de los famosos Hermanos Lozano ―Manolo, Pablo, Concha, Eduardo y José Luis―, oriundos de la localidad toledana de Alameda de la Sagra, hijos de un matrimonio de grandes aficionados y nietos de ganaderos por vía materna. El toro corre por las venas de todos ellos y a la tauromaquia han dedicado sus vidas.

Dice José Luis que su hermana es la más taurina de la casa, y confiesa que la unidad familiar de que han hecho gala es algo hereditario, que surgió así desde que fueron niños y que nunca entendieron estar separados al frente de un negocio.

Tres optaron por ser toreros ―Manolo y Pablo, fallecido en 2020, matadores de toros, y José Luis, novillero―, y Eduardo se inclinó por el fútbol y jugó en los infantiles del Real Madrid. Pero cuando colgaron los trajes de luces y la indumentaria blanca, los varones -Manolo prefirió ir por libre– iniciaron una carrera como empresarios, apoderados y ganaderos que los ha convertido en una marca taurina de referencia, respetada, reconocida y admirada por la afición.

José Luis, a sus lúcidos 86 años, echa la vista atrás y recuerda con nostalgia que “en mi casa y en los pueblos solo se hablaba de toros, la farándula ―teatro, toros y flamenco― estaba muy unida, y el mundo del toro representaba intrínsecamente todo lo español; el chaval que vivía ese ambiente no tenía más remedio que ser aficionado”.

“Tal vez, nuestra mejor gestión como empresarios fue en América”

Esa fue la escuela de José Luis, quien debutó con picadores en 1954, y tres años más tarde se presentó en Madrid. “Pero me faltaban condiciones”, continua, “y una tarde, también en Las Ventas, en la que no corté orejas por culpa de la espada, llegué al hotel y le dije al mozo de espadas que vendiera el traje, y que mi carrera había terminado. No tenía necesidad y sí otros medios de vida, como eran los negocios de mi familia”.

A esas alturas, los hermanos ya habían hecho los primeros pinitos en el mundo del empresariado taurino. José Luis lo cuenta así:

 “Antonio Bienvenida llama a mi hermano Pablo, matador de toros, y se citan en un cafetería de la Gran Vía, reunión a la que también acude Eduardo, que tendría 18 años. Antonio comenta que le ha llamado el alcalde de Úbeda que se ha quedado sin empresario para la feria y le pide que organice una corrida. ‘¿Por qué no la montamos tú y yo, plantea Bienvenida a Pablo? ¿Y quién será el empresario?’, pregunta mi hermano. ‘Pues quién mejor que Eduardo, que es de la familia’. Y así fue: el cartel lo formaron Ángel Peralta, Antonio Bienvenida y Pablo, y fue un éxito de público. Una vez hechas las liquidaciones, el alcalde llama a Eduardo y le dice que se pasara por el Ayuntamiento para cobrar la subvención municipal que ascendía a 50.000 pesetas. Cuando Eduardo le cuenta a Bienvenida que hay que proceder a un nuevo reparto, este le dice que se quede con ese dinero por el trabajo que ha realizado. En ese momento, los tres hermanos comprendimos que el empresariado taurino era una buena opción”.

Pablo, Eduardo y José Luis se convirtieron en empresarios de Úbeda, a la que siguieron Villacarrillo y Andújar. De ahí a la gestión de varias plazas de segunda, la madrileña Vistalegre después y el famoso concurso de La Oportunidad, de donde salió Palomo Linares… y América.

“Tal vez, nuestra mejor gestión como empresarios fue en América”, afirma Lozano. Allí dirigieron las plazas de Bogotá, Quito, Medellín, Manizales y Cartagena, entre otras. Cuenta que realizaron “un trabajo titánico”, vivieron una época dorada y contaron con la ayuda de distintos gobiernos para la importación de corridas para las ferias y vacas para implantar ganaderías.

Los hermanos Lozano, en Las Ventas. De izquierda a derecha, Manolo, Concha, Eduardo, José Luis y Pablo.

“Aquellos años 70 y parte de los 80 fueron muy especiales en esos países”, recuerda José Luis Lozano, “pero la afición no fue capaz de valorar lo que estaba viviendo. Allí estábamos los empresarios españoles más comprometidos, y era tanta la afición y adquirió tal fuerza que se podía trabajar a pesar de los riesgos inherentes a la difícil situación social y política. Pero llegaron las vacas flacas, todo se complicó y la inseguridad fue a peor”.

De vuelta a España, la gestión de las plazas de Valencia, Zaragoza, y, a partir de 1990 hasta 2004, Las Ventas.

“A Madrid llegamos en el momento justo, en plenitud de experiencia, y con capacidad para organizar un gran equipo. Fue una experiencia magnífica. Manuel Chopera, el anterior empresario, nos dejó una gran herencia que había que mejorar. Teníamos claro que cuando eres empresario tienes que defender al público, que es tu cliente. Estás obligado a buscar un acuerdo con los toreros que interesan a los aficionados”.

“Ser apoderado es compartir una ilusión que trasciende lo económico”

Pregunta. Los años 90 fueron florecientes para el toreo…

Respuesta. “En esa época se puso de moda, es verdad. Las plazas se llenaban, y los políticos e intelectuales se peleaban por estar en un callejón. Tanto fue así que el Gobierno de Felipe González fue el que más apoyó la fiesta, entre comillas, claro está, porque los toros siempre han recibido una escasa protección, pero hubo un grupo de ministros aficionados y sin complejos”.

P. Ustedes llegaron a ser los empresarios más poderosos.

R. “El poder es relativo. Siempre necesitas a los demás. La soberbia es mala para todo, y más en el toreo. No conduce a nada. Nunca hicimos ostentación de fuerza, ni mucho menos. Había que darle al público lo que pedía y si para ello era necesario bajarse los pantalones varias veces, lo hacíamos”.

Además de afamados empresarios, apoderados de postín. Su primer torero, Palomo Linares; después, Curro Girón, Rafael Ortega, Curro Romero, Manzanares, Espartaco, César Rincón…

“Un apoderado no puede ser un comisionista y, ni siquiera, un representante”, explica Lozano; “cuando ves a un crío que sale de la nada, eres testigo de una progresión que le lleva a ser figura del toreo y tú has aportado un granito de arena, esa es la máxima satisfacción de quien se siente apoderado. Es compartir una ilusión que trasciende lo económico. Es un proceso emocionante, el que vivimos con Palomo, Espartaco o Rincón”.

“Hemos conseguido casi todo lo que nos hemos propuesto, menos ser figuras del toreo”

P. Usted ha comentado que la afición llevada al romanticismo desemboca en la pasión de ser ganadero; en su caso, con el prestigioso hierro de Alcurrucén.

R. “Así es. Es un quehacer romántico y también el peor negocio; una tarea para descubrir misterios, para averiguar por qué un toro embiste y otro no. Y solo soportable dentro de un orden por los altos costes, los bajos precios y el enmarañado seguimiento administrativo”.

José Luis Lozano dice no tener claro si cualquier tiempo pasado fue mejor.

“Lo cierto es que yo viví otro mundo”, confiesa. “Ahora, los ataques a la fiesta son distintos, y veo una cierta pasividad impensable entonces. La vida en este país ha cambiado”.

P. ¿Entonces?

R. “La mejor defensa es una plaza llena; y buscar novedades que sorprendan al público. El toreo tiene que evolucionar -el toro, el empresario y el torero-, aunque se deben mantener los cánones fundamentales. En verdad, el toreo es un mundo aparte, y es muy difícil adaptarlo a la realidad de hoy”.

P. ¿Cree usted que tiene futuro?

R. “Si se busca la autenticidad, la rivalidad y la tensión, sí. El espectador no puede pasar el rato comiendo pipas”.

Lozano, miembro de una saga tan exitosa, afirma finalmente que solo ha sido feliz por etapas, y revela el motivo:

“Hemos conseguido casi todo lo que nos hemos propuesto, menos ser figuras del toreo; bueno, Pablo sí lo fue, pero le faltó que lo apoderaran los Lozano…”