Fuente: lostorosdanyquitan.com

Iglesia de San Andrés Apóstol en Villanueva de los Infantes. Se encuentra en la Plaza Mayor y tiene un empaque catedralicio. Fue construida en el S.XVI en estilo gótico del último periodo, con la fachada de estilo clasicista de 1612. En su interior, en la capilla de la Virgen de la Soledad (antigua capilla de los Bustos) se enterró a Francisco de Quevedo, con su traje de caballero, su espada y sus espuelas de oro.

http://espanaeterna.blogspot.mx/2011/03/el-caballero-de-las-espuelas-de-oro.html

Hasta después de su muerte quedó ligada la memoria de Quevedo a cierto episodio histórico de las lidias taurómacas, que por ser escasamente conocido, vamos a trasladar de una biografía, puesta al frente de la colección de sus obras por su sobrino y heredero. Había recibido el célebre escritor, siendo secretario particular del duque de Osuna, virrey de Nápoles, unas riquísimas espuelas de oro, artísticamente cinceladas, como recuerdo de estimación del senado de Venecia por la dirección inteligente y reservada de cierto asunto de Estado, cometido a su pericia y cautela. Desterrado al fin de sus días a la torre de Juan de Abad, su señorío, y sintiendo los amagos de la muerte, otorgó su testamento, entre cuyas cláusulas era una la de ser amortajado con el manto capitular de la orden de Santiago Apóstol y calzadas las antedichas espuelas, y otra la de recibir sepultura provisional en la Parroquia de Villanueva de los Infantes, hasta que se dispusiera trasladar sus restos a la iglesia de San Marcos de León por sus herederos y albaceas. Constituido el cadáver del autor de “Política de Dios y gobierno de Cristo” en la mencionada parroquia, y colocado en lucillo aparte, por vía de fúnebre depósito hasta la determinación de sus ejecutores testamentarios, ocurrió en la villa una solemnidad, civil o religiosa, que se acordó por el concejo celebrar con una vista de toros, entre otras funciones y regocijos.

Uno de los hidalgos, regidor del cabildo por el estado noble, y comprometido a rejonear, pensó en las espuelas del difunto para lucimiento y adorno de su persona, y se dio maña para cohechar al sacristán de la parroquia a fin de que le proporcionase aquellas prendas, violando sacrílego la paz de la última morada. Cumplido este encargo por el instrumento de obra tan ruin, salió a la plaza el lidiador con las preciosas espuelas del eminente poeta satírico; pero en hora tan menguada que el primer toro que fue a herir le arrolló en su furiosa embestida, y recogiéndole del suelo en las astas, abrió en el cuerpo con ellas puerta fácil a la salida del alma; recibiendo allí la justa pena de un despojo, tan irreverente como inicuo. -Cabe aclarar que don Francisco de Quevedo murió el 8 de septiembre de 1645 en un cuarto del Convento de los Dominicos de Villanueva de los Infantes – Por entonces corrieron a este propósito, escandalosamente extendido, coplas y motes, y hasta epigramas en latín; citando el biógrafo, de quien tomamos la noticia, el final de una composición, alusiva al suceso, y que se atribuye a Torres Villarroel, que dice de esta manera:

“Y en medio del coso inerte

Paga su culpa en el punto;

Porque alhajas de difunto

Son propiedad de la muerte.”

Fuente: Anales del toreo- Francisco Arjona- José Velásquez: Reseña histórica de la lidia de reses bravas: Galería biográfica de los principales lidiadores: Razón de las primeras ganaderías españolas, sus condiciones y divisas, página 73. (1868) http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/resultados_ocr.cmd?id=2615&materia_numcontrol=&autor_numcontrol=&posicion=1&tipoResultados=BIB&forma=ficha

Otras fuentes citan que un presumido caballero llegado a Villanueva de los Infantes para participar en un festejo taurino, hurtó en mitad de la noche las espuelas de oro que el cadáver de don Francisco lucía, durante la exposición del cuerpo, mientras que otras versiones apuntan que solo las tomó prestadas, pagando una contraprestación económica al encargado de vigilar el cadáver. Al día siguiente, el caballero engalanado con las lustrosas espuelas no tuvo fortuna y un toro acabó con su vida. Fuente:

http://www.revistaclarin.com/308/operacion-quevedo-la-ruta-de-los-huesos/

En abundamiento de esta tragedia, comenta el historiógrafo contemporáneo don Pedro de Mingo, en su blog en la Internet: “España Eterna”, en una hermosa editorial titulada: “El Caballero de las Espuelas de Oro” que: Está entre la leyenda y la historia, pero se dice que el extraordinario literato Francisco de Quevedo se hizo unas espuelas de oro para celebrar su nombramiento como caballero de la Orden de Santiago. Le fueron presentadas al insigne escritor en Italia y sólo las usó con motivo de su nombramiento como caballero de la Orden de Santiago para disimular su cojera. Quevedo fallece el 8 de septiembre de 1645 en el convento de los padres Dominicos de Villanueva de los Infantes, lugar al que se retira, ya muy enfermo, después de haber pasado cuatro años encerrado en un calabozo subterráneo del Convento de San Marcos en León por denunciar la política del Conde Duque de Olivares. Sus restos mortales fueron sepultados en una capilla noble de la Parroquia de San Andrés, dentro de la cripta de la familia Bustos.

Algún tiempo después, durante la celebración de un festejo taurino en la Plaza Mayor infanteña, el público allí congregado contempló asombrado a un joven caballero de la nobleza local que, dispuesto a la lidia de un toro a caballo como era costumbre en la época, lucía unas extraordinarias espuelas de un dorado intenso. Nada más salir al ruedo, el astado embistió con inusitada fiereza a montura y jinete derribando de muy mala manera a ambos. Al parecer, al joven caballero Don Diego sólo le quedó aliento para balbucear “…las espuelas…”.

Se supo posteriormente que unos días después de la muerte de Quevedo, el malogrado caballero, tenía que torear en la plaza de Villanueva de los Infantes, y este se puso en contacto con el Sacristán de la parroquia, al cual le ofreció una cantidad de dinero si le conseguía las espuelas de oro de Quevedo. El Sacristán de la parroquia, profanó la tumba y le quitó las espuelas al cadáver, entregándoselas al caballero a cambio de la recompensa pactada. El destino vino a jugarle una mala pasada pues en el primer lance con el toro, este lo tiró al suelo y lo corneó hasta matarlo (Otros dicen que al espolear al caballo para citar al toro se le apareció el espíritu del difunto y el caballo permaneció inmóvil, siendo embestidos fatalmente). Desde ese momento nadie en el entorno dudó de que el trágico final del muchacho fuera provocado de alguna manera por el espíritu agraviado de Francisco de Quevedo. Por cierto que, tras la confusión del incidente taurino, nadie supo a ciencia cierta dónde fueron a parar las extraordinarias espuelas. Fuente:

http://espanaeterna.blogspot.mx/2011/03/el-caballero-de-las-espuelas-de-oro.html