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Increíble, pero cierto, la Décima Musa, Sor Juana Inés de la Cruz, fue partícipe de la afición taurina de su tiempo, años en que la Plaza Mayor era escenario de los toros en la Nueva España. La escritora y periodista independiente Úrsula Weisser comentó al respecto con el retiro de Cristina Sánchez: “Mientras leía, la noticia adquirió un significado distinto. Me preguntaba: ¿Qué opinarán otras mujeres de esto? Seguramente la mayoría no lee la sección de deportes”, pensó. De pronto, de aquél encabezado se desdoblaron otras fatales titulares de periódicos perdidos en el tiempo, resaltando y coincidiendo la siguiente: “Sor Juana Inés se arrepintió de todo lo que escribió, y descubrió en último momento que su vocación era ser la Susanita del Siglo de Oro español, revela su diario íntimo”. Fue a consecuencia de esta serie de comentarios publicados en los diarios, como los que se topó Weisser cuando muchas estudiosas se dedicaron a sacar a la luz pública lo que hoy sería un discurso feminista que dejó en claro la participación de Juana Inés de Asbaje en la fiesta brava novohispana.

Juana Inés de Asbaje, que tomaría el nombre de sor Juana Inés de la Cruz, nació en San Miguel Nepantla, Virreinato de Nueva España, el 12 de noviembre de 1651. A sus nueve años se fue a vivir a la ciudad de México, y desde edad temprana manifestó una extraordinaria precocidad intelectual. Su erudición y atractiva personalidad le otorgaron gran popularidad en la corte del virrey, a cuya esposa sirvió como dama de honor. Fue parte de los allegados a los nobles que participaban como público en las corridas de toros que se celebraban en la Plaza Mayor, que si bien es cierto, era algo muy distante a lo que ahora conocemos, era muy similar a un lanceo a caballo que podría admitirse como un antecedente del rejoneo.

La estructura cultural de la Nueva España alcanzó sus características definitivas en el siglo XVII. Dos autores expresaron el pensamiento en el campo literario y en el filosófico. Ellos fueron Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz. A través de “La verdad sospechosa” el primero presidió y vigiló la conducta moral de los personajes. El tema de los toros fue tratado por Alarcón en la tragedia “Todo es ventura” donde se relataba un espectáculo de alanceamiento en la Plaza Mayor (hoy el Zócalo de la Ciudad de México). Por otro lado, Sor Juana Inés de la Cruz llevó adentro el brillante pensamiento de la época y hasta escribió un primoroso soneto taurino al que intitula “Habiendo muerto un toro, el caballo, a un caballero toreador”.

El principal paseo de la ciudad de México era la Alameda, donde todo el mundo concurría por las tardes. Los caballeros iban en carruajes o a caballo, y solían galantear a las damas. También se disfrutaba mucho de los jardines de Chapultepec, pero resultaban un poco alejados. Sor Juana no sólo mostró predilección por lo que hoy sería un caballo de rejoneo, sino también por aquellos que recorrían las calles, como el caballo de Don Íñigo, caballero que solía pasear por el convento; el caballo blanco que se mostraba como un motivo en su literatura y el caballo de Troya.

En 1667, Sor Juana entró en un convento carmelita, que abandonó para profesar el 24 de febrero de 1669 en el convento de San Jerónimo. Allí desarrolló una prodigiosa actividad literaria, reunió una valiosísima biblioteca que contaba con unos cuatro mil volúmenes, y se dedicó al estudio de las más diversas disciplinas y a la composición de su obra. Siendo monja, en San Jerónimo, ejerció labores de beneficencia organizando corridas para ayudar a la gente necesitada con las ganancias de estos eventos.

Su variada producción incluyó obras en prosa, entre ellas “Carta Atenagórica” (1690), profunda disquisición sobre las Sagradas Escrituras y la doctrina de los santos padres de la Iglesia, en la Décima Musa criticaba las enseñanzas del jesuita Antonio Vieyra. “Respuesta a Sor Filotea” (1691), dedicada al obispo de Puebla, que había desacreditado su afán de erudición en un tiempo en que éste parecía reservado a los hombres y puso en manifiesto su interés por los libros profanos.

Numerosas obras y cánticos dramáticos integraron la producción teatral de Juana de Asbaje, en la que merecen destacarse los autos sacramentales “El divino Narciso”, “El mártir del sacramento” y “El cetro de José”, y dos comedias de enredo, “Los empeños de una casa” (1683), influida por Pedro Calderón de la Barca, y “Amor es más laberinto” (1688) donde hace continua referencia al toro bravo en analogías con respecto a las corridas de su época que eran muy apreciadas por la gente que tenía el privilegio de verlas, tanto como a los antecedentes de las culturas grecolatinas:

Yo di muerte en Maratón

al toro, que de tu reino

siendo destrucción, pasó

a ser de Atenas incendio.

Sor Juana fue renombrada por sus vastos conocimientos y, lo mismo que el astrónomo Sigüenza y Góngora, no estudió únicamente los textos europeos y de la Antigüedad clásica que se usaban en las universidades, sino también la cultura prehispánica y el náhuatl. Vemos en la obra de sor Juana al toro español y al toro cuyo simbolismo prevalece en las danzas del folclor mexicano. Pero donde su genio literario alcanzó sus niveles más elevados fue en la lírica, que por estilo y tema emparentaba directamente con la lírica barroca española. Su calidad poética quedó palpable en los tres volúmenes de poemas que se publicaron en España: “Inundación Castálida” (1689, Madrid), del que formó parte el largo poema “Primero sueño”, ejemplo de profundidad conceptual y lirismo depurado; “Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz” (1692, Sevilla); y “Fama y obras póstumas del fénix de México y décima musa” (1700, Madrid).

Sor Juana Inés de la Cruz dedicó los últimos años de su vida a sus obligaciones religiosas. Murió en la ciudad de México el 17 de abril de 1695, víctima de una epidemia cuando cuidaba a sus hermanas de orden.

Para concluir un soneto de escritora novohispana Sor Juana Inés de la Cruz:

Si los riesgos del mar considerara,

ninguno se embarcara; si antes viera

bien su peligro, nadie se atreviera

ni al bravo toro osado provocara.

Si del fogoso bruto ponderara

la furia desbocada en la carrera

el jinete prudente, nunca hubiera

quien con discreta mano lo enfrenara.

Pero si hubiera alguno tan osado

que, no obstante el peligro, al mismo Apolo

quisiese gobernar con atrevida

mano el rápido carro en luz bañado,

todo lo hiciera, y no tomara sólo

estado que ha de ser toda la vida.