Por Carlos Horacio Reyes Ibarra
México. Profesor en UIA Puebla y Jornada de Oriente
Mucho se ha discutido acerca de si el desarrollo actual del toreo corresponde a su etapa de¬†m√°xima perfecci√≥n¬†t√©cnica y est√©tica, o se trata m√°s bien del¬†enga√Īoso amaneramiento¬†que anuncia la decadencia de cualquier g√©nero del arte en fase terminal.¬†La clave, en nuestro caso, habr√° que buscarla en el¬†toro. Y, por supuesto, en la¬†respuesta de la gente¬†a ese aparente esplendor formal, hu√©rfano de la emoci√≥n que nace de lo imprevisto y nuevo que est√° en la esencia m√°s honda de las manifestaciones art√≠sticas.
Y es que cuando hay un¬†toro¬†en la arena ‚Äďlo que cualquier buen aficionado entiende por un toro:¬†la edad, la integridad, la casta, la viva sensaci√≥n de riesgo–, todo lo que all√≠ ocurra, durante ese di√°logo ‚Äúimposible‚ÄĚ entre hombre y bestia, adquiere un valor¬† fundamental. Los dos siglos y medio que dura ya la corrida moderna lo atestiguan.
Con un auténtico toro de lidia en la arena, buscar la perfección de las formas toreras es casi una quimera. En cambio, puede brillar el toreo, al desnudo y en su propia salsa. Y es entonces, sólo entonces, cuando florece en toda su grandeza lo que nació como ruda pugna antes de evolucionar hacia formas arrebatadoras e inesperadas de creatividad y belleza. Con el arte como premisa mayor y la muerte en permanente asecho.
Fue precisamente ese cuadro singular, su apasionante espera, lo que justificó la aceptación masiva de la fiesta brava como un arte popular, en confluencia masiva de ricos y pobres, cultos e iletrados, y como tema de polémicas interminables, de literatura buena y mala, mentirosa o sublime, y de obras de arte de todo tipo cuyo motivo central ha sido el toreo.
Algo que no puede presumir ning√ļn deporte de competencia de los que actualmente inundan el ocio ciudadano. La corrida es cosa muy diferente,¬†all√≠ el artificio puede dar paso en cualquier instante a la tragedia. Y es esa diferencia lo que le otorga su m√°s hondo sentido humano, imposible de encontrar en cualquier otro espect√°culo.
La pregunta que hoy late es si esa extra√Īa maravilla a√ļn puede suceder una tarde cualquiera o pertenece ya a un pasado irrecuperable.¬†Y la √ļnica¬†respuesta¬†la tiene el toro, en toda su integridad y realeza. Porque si as√≠ fuera, y si fu√©semos capaces de transmitirlo en toda su verdad a un p√ļblico apegado al consumo de lo artificioso y vano, mucha gente volver√≠a los ojos hacia la fiesta brava y su decadencia podr√≠a revertirse.
Lo indiscutible es que ese retorno al buen camino tendría que empezar por tardes y faenas como las de José Mauricio en la octava corrida de la temporada capitalina.
Faena de garra. De¬†garra y de guerra, as√≠ fue la azarosa lidia de ‚ÄúMalague√Īito‚ÄĚ de¬†Barralva, con el que¬†Mauricio¬†dio un vuelco a su carrera y a la¬†l√°nguida serie oto√Īal¬†de la¬†Plaza M√©xico. Lejos de la faena perfecta, tuvo la virtud de mantener en vilo al escaso p√ļblico. Porque con aquel casta√Īo veleto, agresivo, ind√≥mito, este diestro ya no tan joven, vestido de azul p√°lido y oro,¬†nos devolvi√≥ toda la emotividad¬†que da la bravura cuando se junta con la decisi√≥n de un torero con hambre de ser y trascender.
Jos√© Mauricio¬†lleva a√Īos intentando ocupar un sitio que las circunstancias ‚Äďl√©ase empresas, prensa y medio taurino en general– le han negado sistem√°ticamente. Y eso que a su paso por Insurgentes dej√≥ faenas como la de ‚ÄúAzucarero‚ÄĚ, otro¬†barralva¬†encastado, no tan entero y codicioso como ‚ÄúMalague√Īito‚ÄĚ y bastante m√°s noble (25.01.09). Excepcional por clase y estructura, aquella faena s√≠ roz√≥ la perfecci√≥n. Y sin los alcances emocionales de la del domingo pasado, demandaba mayor atenci√≥n de la que tibiamente recibi√≥, metida la empresa en su¬†c√≠rculo vicioso de figurines for√°neos, y fija la publicr√≥nica en la parvada de promesas horneadas en las escuelas de tauromaquia espa√Īolas a las que, por razones de econom√≠a personal,¬†Jos√© Mauricio¬†ni siquiera so√Ī√≥ con acceder.¬† As√≠, entre m√°s sombras que luces, fue discurriendo a trav√©s de los a√Īos la trayectoria del elegante espada capitalino, sin que tampoco le aportaran mucha luz tardes como la del 8 de enero de 2012 en que cuaj√≥ dos buenos toros de¬†La Estancia. Algunas orejas m√°s pasear√≠a en la M√©xico, pero es ya tan¬†escasa la significaci√≥n¬†que tales trofeos conservan ‚Äďpor abaratamiento y dilapidaci√≥n‚ÄĒque de poco le sirvieron. A cuentagotas, entre altibajos explicables por lo poco que toreaba, sin dejar de confirmar su clase y posibilidades,¬†Jos√© Mauricio¬†no acababa de dar el estir√≥n, el golpe rotundo. Ese que el domingo anterior hizo resonar de manera contundente.
En realidad, los que lo hab√≠amos visto este a√Īo en¬†Apizaco¬†con un corrid√≥n de¬†Magdalena Gonz√°lez, o en la feria de¬†Huamantla, de la que fue triunfador absoluto, sab√≠amos que est√°bamos ante un torero m√°s maduro, poderoso y resuelto, su buen estilo de siempre m√°s afinado y puro. Para su fortuna, al comparecer nuevamente en¬†la M√©xico¬†pudo explayar su vena m√°s art√≠stica a favor de la suave embestida de ‚ÄúClavellino‚ÄĚ, el primero de su lote, y pese a que lo mat√≥ muy mal lo llamaron a dar la vuelta al ruedo.
Pero ‚ÄúMalague√Īito‚ÄĚ fue otra cosa ‚Äďcasta√Īo claro, veleto de cuerna, seco y codicioso de estilo, 468 kilos de pura casta‚ÄĒ,¬† y¬†Jos√© Mauricio¬†tuvo que apelar a¬†todo su saber y decisi√≥n¬†para que aquel hurac√°n astado no lo desbordara, a sabiendas de que tal vez estaba ante la √ļltima oportunidad de su vida. Al menos esa fue la sensaci√≥n que transmiti√≥ al tendido su enjundiosa manera de doblarse con un animal que se revolv√≠a con celo y lanzaba afiladas tarascadas en cuanto sent√≠a la tela al alcance del pit√≥n. Como es l√≥gico, la faena top√≥ con la suma de escollos que plateaba¬†una verdadera fiera, poco picada adem√°s, y que lejos de mejorar su embestida con el trazo imperioso de los derechazos y naturales a que se ve√≠a obligado fue incrementando su agresividad, tanto que, al primer descuido del torero,¬†le levant√≥ los pies del suelo, sin mayores consecuencias. Recurri√≥ entonces¬†Mauricio¬†al toreo de dominio, dobl√°ndose vigorosamente con ‚ÄúMalague√Īito‚ÄĚ entre un¬†alud de derrotes, y consigui√≥ aquietarlo y hasta esbozar un desplante rodilla en tierra a corta distancia de los belfos. Como remate, dej√°ndose ver, se volc√≥ sobre el morrillo en un estoconazo de toma y daca, del que sali√≥ nuevamente revolcado y con sensaci√≥n de cornada grave. Por fortuna los pitones del de¬†Barralva¬†s√≥lo alcanzaron a desgarrarle la taleguilla y este nuevo¬†Jos√© Mauricio¬†pudo volver, deshaci√©ndose de las asistencias, para recoger, con gesto enrabietado y l√°grimas en los ojos, las orejas del brav√≠simo casta√Īo, saludadas con el coro de torero-torero, una turba incontenible invad√≠a la arena para pasear en hombros al triunfador.
Hasta en ese detalle final, la del domingo 15 parecía una tarde de otros tiempos. Falta saber si los que manejan en el tinglado sabrán calibrar el suceso en toda su importancia.
Magro balance. A la altura del octavo festejo de la temporada capitalina, con la primera mitad de su recorrido pr√°cticamente cubierto,¬†hablar de bravura¬†significa limitarnos a tres nombres:¬†Barralva, Reyes Huerta¬†y¬†Jaral de Pe√Īas, con el a√Īadido de alg√ļn ejemplar de¬†La Estancia¬†o¬†De la Mora. El resto abona, tristemente, la empantanada senda del¬†post toro de lidia mexicano, con episodios tan lamentables como el de las banderillas negras a un manso de¬†Bego√Īa, y la desastrada enmienda del¬†juez Ramos¬†a medio camino.
En cuanto a¬†orejas cortadas¬†‚Äďdiez por matadores, una para¬†Diego Ventura‚ÄĒdestaca el hecho de que¬†nueve¬†lo fueron para espadas nativos y s√≥lo una para for√°neos, la de¬†Morante de la Puebla,¬†autor de una faena bonita pero menor a un¬†teofilito¬†de los que tanto le agradan. En este orejero rubro lleva mano, con cuatro,¬†Joselito Adame, puesto y dispuesto siempre pero sin haber cuajado esta vez algo memorable. Dos cort√≥¬†Jos√© Mauricio, seg√ļn qued√≥ referido, y una por a√Īadido¬†Juan Pablo S√°nchez,¬†Sergio Flores,¬†Ferm√≠n Rivera¬†y¬†Jos√© Mar√≠a Hermosillo¬†al toro de su inesperada alternativa, y sin que eso le sirviera para ser incluido en el ‚Äúcartel de triunfadores‚ÄĚ que arm√≥ la empresa con v√°yase a saber qu√© criterios. En todo caso, tales carteles bien pudieron ser dos, habida cuenta de las excelentes faenas de¬†Arturo Sald√≠var¬†y¬†El Payo, que aut√©nticamente la bord√≥, aunque la espada les haya negado a ambos lo que llevaba camino de triunfos de dos orejas. Sin material a modo dej√≥ excelente impresi√≥n¬†Leo Valadez¬†y no estuvo mal¬†El Galo¬†con el sexto de su tarde de confirmaci√≥n.¬†Silveti¬†sin avanzar y¬†Luis David¬†sin toros.
De los extranjeros,¬†que seg√ļn costumbre son el eje sobre el que gira ‚Äúnuestra‚ÄĚ temporada grande, poco hay que decir, si exceptuamos la faena de¬†Gin√©s Mar√≠n¬†al nobil√≠simo cierraplaza de¬†Fernando de la Mora, mal rematada con la espada. Pues de¬†Pablo Aguado¬†‚Äďuna completa decepci√≥n‚ÄĒa¬†Enrique Ponce¬†‚Äďla maestr√≠a y el posturismo desvanecidos entre el viento reinante y el que llevaba dentro un encastado reyeshuerta–, ninguno ‚Äďni¬†Ferrera¬†ni¬†Perera¬†ni¬†Castella¬†ni¬†Roca Rey— fue capaz de dejar huella. Lo que no impedir√° que¬†vuelvan a la gran cazuela, bajo las condiciones que ellos mismos dicten, faltar√≠a m√°s.